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La Coctelera

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14 Julio 2011

"Sputnik", un relato de Don DeLillo [Traducción: MMF]

Esa tarde los Deming estaban en casa, ocupados en diversas tareas en su hogar de pisos a desnivel, una construcción colonial baja y alargada de dos tonos con una ventana panorámica, un pasaje y brillantes tablas de chilla.

Erica estaba en la cocina haciendo mousse de pollo con Jell-O para la cena. Tres tazas de caldo de pollo o tres cubitos de consomé de pollo disueltos en tres tazas de agua hirviendo. Dos paquetes de gelatina Jell-O de limón. Una cucharada de sal. Un octavo de cucharada de pimienta. Tres cucharadas soperas de vinagre. Una taza y cuarto de aderezo batido. Dos cuartos de taza de mayonesa. Dos tazas de pollo cocido finamente rebanado. Dos tazas de apio finamente picado. Dos cucharadas soperas de pimiento morrón en trozos.

Luego hervir y vaciar, revolver y mezclar. Cubrir la masa de pollo con la gelatina fría y sazonada. Pasarla con una cuchara a un molde de nueve por cinco pulgadas. Enfriar hasta que cuaje. Desmoldar. Adornar con lechuga crujiente y aceitunas rellenas (si se desea). Alcanza para seis porciones.

No se vuelva a usar esta botella para guardar líquidos.

Erica hacía cosas con Jell-O que quitaban el aliento. Ahora mismo, mientras preparaba el mousse de pollo para dejarlo enfriar, había nueve vasos para crema helada en el Kelvinator de doble tono. Era el postre para las tres noches siguientes. Cada vaso estaba apoyado en un ángulo de cuarenta y cinco grados contra la pared del refrigerador u otro objeto. Este método de inclinación, heredado de su abuela y su madre, permitía que Erica hiciera postres con Jell-O en una variedad de coloridas franjas diagonales, combinando media docena de sabores. Podía poner Jell-O de frambuesa, ligeramente espesa, en un vaso para crema helada. Metía el vaso al refrigerador, inclinándolo a cuarenta y cinco grados. Luego que la gelatina se enfriaba le añadía una franja de Jell-O de limón, y después quizá de naranja, y después de fresa o cereza. Al final del proceso tenía nueve postres a rayas, todos diferentes, todos de un intenso atractivo.

Hacer cosas con Jell-O era la mejor manera de aligerar su humor, que ese día era extrañamente sombrío: no sabía por qué.

A través de la ventana de la cocina podía ver el jardín, pulcro y podado, de setos bajos, abierto y accesible. Los árboles del extremo eran nuevos, al igual que todo lo demás en la zona. A ambos lados de las calles sinuosas había árboles jóvenes y pequeños arbustos y una sensación de intemperie, una impresión de ver todo lo que había por ver de un solo vistazo, sin nada oculto o amurallado o prohibido a la mirada.

Nada oculto o secreto a excepción del joven Eric, sentado en su dormitorio tras cortinas cerradas, masturbándose en un condón. Le gustaba usarlo porque tenía un suave brillo metálico semejante al de su arma favorita, el Honest John, un misil tierra-tierra con una ojiva que cargaba hasta quince kilotones.

Evite el contacto con ojos, heridas o llagas.

Estaba repantigado en una butaca y pensaba que nadie podría adivinar jamás qué estaba haciendo, sobre todo la parte del condón. Nunca nadie podría adivinarlo, saberlo, imaginarlo o asociarlo a él con eso. ¿Pero qué sucedería, pensó, si un día te mueres y resulta que todo lo que has hecho en privado se vuelve del dominio público en lo sucesivo? Todo mundo sabe de inmediato todo lo que hiciste cuando creías que pasabas total y furtiva y tranquilamente desapercibido.

La prolongada exposición al sol puede causar que estalle.

Al Honest John le ponen almohadillas termales para calentar el combustible sólido antes de dispararlo. Luego las quitan y lo lanzan desde una suerte de riel de doble T en un herboso campo en algún lugar del Mundo Libre. Y la inexorable trayectoria del misil, la forma en que arrasa con volúmenes precisos de espacio matemático, es tan virtuosa y radiante, desprendiéndose de su cúspide para caer a tierra, y el modo en que la bola de fuego rodea con un halo su propia columna de humo y estruendo, como cualquier cosa sin nombre ni facciones. Hacía que él quisiera ser católico.

Además eso le permitiría tener tres mousses de pollo de sobra para la semana.

Afuera, en el pasaje, su esposo Rick enceraba el convertible Ford Fairlane de dos colores, flamante al igual que las casas y los árboles, con neumáticos de banda blanca y franjas de cromo que crujían suavemente cuando el auto estaba en marcha.

Erica guardaba sus moldes de Jell-O en la alacena nácar con beige sobre el horno. Tenía moldes acanalados, moldes circulares, moldes de distintas formas y tamaños; tenía apuntes y diagramas, técnicas para moldear, formularios de ofertas especiales de moldes decorativos que pensaba llenar y mandar tan pronto como le fuera posible.

En caso de ingerir este producto, provoque el vómito de inmediato.

Eric se frotaba el miembro con cuidado, grave y metódicamente. El condón le transmitía una sensación a la que ya estaba acostumbrado, de torpeza elástica y desapego. En el piso, entre sus pies, yacía una foto de Jayne Mansfield con las tetas brotando de un vestido de lentejuelas. Se le antojaba deslizar el miembro entre esos pechos hasta eyacular. Pero no se iría cuando todo terminara. Platicaría con las tetas de Jayne. Sería tierno y cariñoso. Les diría cuáles eran sus deseos, sus ilusiones y sus sueños.

Había un molde semejante a un misil que Erica nunca había usado porque de algún modo la inquietaba.

El rostro del retrato era todo labios pintados y pestañas tiznadas, y en cierto momento de su asunto Eric desvió la vista de los magníficos pechos y la fijó en la Jayne facial, en sus cejas y pestañas y boca fruncida. Los senos eran reales, la cara estaba hecha de mil cosas termoplásticas. Y en la evolución de su espectro erótico, fueron las mascarillas, los delineadores, los lustres y las cremas los suaves y húmedos mecanismos del alivio.

El mal uso por inhalar deliberadamente el contenido puede ser nocivo o fatal.

Erica vestía una ligera falda azul y una blusa que por casualidad hacían juego con los colores del Fairlane.

Rick aún se hallaba en el pasaje, puliendo el cromado con una gamuza. Esto era algo que básicamente podría hacer por siempre. Al mirarse en una franja de cromo, los ojos combados, hidrocefálico, sentía algo del poder del automóvil, los caballos de fuerza, el rumor decibélico de los escapes, la resistencia de la transmisión Ford-O-Matic. Lo furtivo de este coche era que, sí, uno lo abordaba para ir al dentista y de vez en vez alternar pasajeros con los Anderson y llevar a Eric a la Feria de la Ciencia, pero debajo de los rutinarios usos familiares estaba el poder agazapado de la máquina, oculto por el cofre, que devoraba el panorama.

Peligro. Contenido bajo presión.

Una de las palabras favoritas de Erica era “pasaje”. Sugería brisa y serenidad y ser moderno y tener algo de lo que otros carecían. Otra palabra que le encantaba era “cajón para verduras”.  El Kelvinator tenía uno lindo y amplio, y a ella le gustaba decir a los hombres que esto y lo otro estaba en el cajón. No en el refrigerador, sino en el cajón. Las zanahorias están en el cajón, Rick. Había gente allá en Old Farm Road, donde los porches se hundían y el césped no era podado y los bautistas de Duck River rezaban en un rechoncho edificio plantado en la maleza de camino al basurero, que no sabía qué era un cajón para verduras, que tenía nevera en lugar de refrigerador o refrigerador sin cajón para verduras, o que pese a tenerlo ignoraba para qué servía o cómo se llamaba; gente que ponía en el cajón la mantequilla en lugar de la lechuga, los huevos en lugar de las zanahorias.

Él entró, proveniente del pasaje.

—Las zanahorias están en el cajón, Rick.

A él le gustaba mordisquear una zanahoria cruda luego de haber pulido y encerado el carro.

Se quedó mirando la hogaza blanca como el estroncio que yacía en una cama de lechuga dentro de un molde al centro de la mesa.

—Uf, ¿qué es eso?

—Mi mousse de pollo con Jell-O.

—Qué maravilla —dijo él.

A veces ella lo llamaba su mousse de pollo con Jell-O y a veces su Jell-O de mousse de pollo. Esa era una de las mil ventajas de Jell-O. La palabra se acomodaba en cualquier sitio, al frente o detrás o en medio. Era una palabra-botón, del mismo modo que tantas cosas ya eran botones, del mismo modo que el mundo entero se abría cuando uno apretaba un botón.

Puede decolorar la orina o las heces.

Eric se deslizó a lo largo de la pared y se metió al baño, sopesando el condón húmedo. Lo limpió en el lavabo y luego se lo caló en el dedo cordial, que apuntó a su boca para poder soplar y secar el preservativo. Y en la versión cinematográfica de su vida imaginó cómo todo era proyectado en Cinemascope, cómo todo lo que había hecho en secreto a lo largo de los años sería exhibido en público cuando estuviera muerto; todos sus parientes difuntos, amigos, maestros y tutores podrían verlo con el dedo en la boca, más o menos, y un condón en el dedo, resollando cadenciosamente para secarlo.

Oyó que su madre lo llamaba.

Debía lavarlo y volverlo a usar porque era el único condón que tenía; se lo había prestado un compañero, Danny Anderson, que lo había tomado del escondite de su padre, entre los calcetines, y que juraba nunca haberlo utilizado —algo que sólo se aclararía hasta que los dos hubieran muerto y Eric tuviera oportunidad de ver la película.

Para evitar asfixia manténgase fuera del alcance de los niños.

Eric dejó el preservativo en su cuarto, oculto en una caja de naipes. Echó un largo vistazo a la foto de Jayne Mansfield antes de guardarla en el atlas mundial sobre su escritorio. Descubrió que sus pechos no eran tan reales como había pensado durante su vulnerable estado emocional, miembro en mano. Le recordaban algo, ¿pero qué? Y entonces cayó en la cuenta. La defensa de un Cadillac.

Fue a la cocina y abrió el refrigerador sólo para ver qué sucedía allí dentro. Los colores brillantes, los nombres y logotipos de los productos, el acomodo de las formas familiares, el oropel de las cosas envueltas en estaño, la sensación general de benévolo fulgor, de sorpresa ocular, la impresión de una diminuta fiesta organizada en repisas y ranuras, un mundo intacto y siempre renovable. Pero también había algo más, vagamente inquietante. Quizá el latido. Quizá el flujo de información contenido en esa eterna palpitación motorizada. Abrir la gran puerta blanca semejante a una bóveda y sentir la ráfaga helada de sistemas que trabajaban, convirtiendo corriente en poder, comunicándose día y noche entre sí a través de espacios sobrehumanos, era algo que lo mantenía al margen, algo con lo que aún no podía conectarse, y lo confundía un poco.

Salvo que el Kelvinator no era blanco, por supuesto. No por fuera, de cualquier forma. Era rosa Bermuda y gris amanecer.

Escudriñó el interior. Vio los nueve vasos inclinados y se sintió ligeramente mareado. A veces los postres ladeados de Jell-O lo desconcertaban. Era como si una fuerza de ciencia ficción hubiera irrumpido en la casa y torcido algunas cosas sin tocar otras.

Se sentaron a cenar y Rick sirvió el mousse. Bebieron té helado con una rodaja de limón calzada en la orilla de cada vaso, uno de los simples detalles extra de Erica.

Rick le dijo a Eric:

—¿Qué has hecho toda la tarde? ¿Mucha tarea?

—Oye, papá. Te vi encerando el carro.

—Tengo una idea. Después de cenar nos llevaremos los binoculares e iremos a Old Farm Road, a ver si podemos detectarlo.

—¿Detectar qué? —dijo Erica.

—La pequeña luna. ¿Qué otra cosa? El satélite que pusieron allá arriba. Se supone que puede verse en noches claras.

No fue sino hasta ese momento que Erica entendió por qué el día le había parecido umbrío y ominoso desde que abrió los ojos y contempló las paredes amarillas con pátina verde. Sí, el satélite que habían puesto en órbita hacía unos cuantos días. Rick tenía un interés científico y quería que Eric lo imitara. Por supuesto, Rick estaba sorprendido y alarmado al igual que ella, pero estaba dispuesto a plantarse en algún prado para intentar detectar el objeto mientras flotaba en las alturas. Erica sintió una extraña desilusión. Era de ellos, no de nosotros. Volaba a una velocidad pasmosa sobre el Polo Norte, bip bip bip, pasando justo encima de nuestras cabezas, evidentemente, cada cierto tiempo. No lograba comprender cómo podía suceder algo así. ¿Había más sorpresas, cosas sobre las que no se nos había informado? ¿Tenían ellos cajones para verduras y pasajes? No era un asunto sencillo, de acuerdo a las noticias.

Rick dijo:

—¿Entonces qué, Eric? ¿Quieres ir?

—Oye, papá. Fa-fa-fa-fabuloso.

Un sudario descendió sobre la mesa, desplazando el miedo de Erica al Sputnik. Pensó que el ocasional tartamudeo de Eric tenía algo que ver con el tiempo que pasaba solo en su habitación. Pegándole demasiado a los libros, creía Rick. Le pegaba demasiado a algo, pero Erica evitó formarse una imagen detallada.

No se perfore ni incinere.

El muchacho podía sentarse en la estancia familiar y ver la televisión en su súper consola, compatible con los entrepaños de nudoso pino, y anticipar los diálogos de cada programa. Noticiarios, partidos de beisbol, comedias. Imitaba la voz de actores y locutores, tejiendo las palabras casi sin ninguna costura, y nunca tartamudeaba.

Los otros chicos comían galletas Oreo. Eric comía galletas Hydrox porque el nombre sonaba a combustible de cohete.

Uno de sus guantes de cocina se había perdido —tenía muchos pares— y ella quería pensar que Eric lo había tomado para una de sus tareas de química. Pero temía preguntárselo. Y no creía que le interesara recuperarlo.

Ayer él había remojado una galleta Hydrox en leche; la sostuvo goteando sobre el vaso y dijo con voz apagada:

—Es muy buenno haber puessto luna russa en cielo norteamericanno.

Luego dio una mordida y tragó.

Rick y Eric salieron a buscar el satélite en órbita. Erica limpió la mesa, se puso sus guantes de goma y empezó a lavar los platos. Rick le había hecho varias bromas sobre los guantes. La cocina estaba equipada con un lavaplatos automático, por supuesto. Pero se sentía obligada como ama de casa a hacer una ronda preliminar de lavado y desengrasado a mano, ya que si uno no quita cada pizca de oscuridad orgánica de los dientes del tenedor y las sartenes antes de echar a andar el lavaplatos, puede reaparecer por la mañana.

Lávese los ojos con agua y llame al médico de inmediato.

Y los guantes la protegían del agua hirviendo y del roce de las sobras. Erica amaba sus guantes. Básicamente eran indestructibles, hechos del mismo tipo de materiales empleados en la cubierta de los mostradores y los tubos del televisor, en el aislante eléctrico del sótano y las llantas vulcanizadas del auto. Los guantes eran importantes para ella pese al tacto seco y viscoso a la vez, una sensación que desafiaba a la paradoja innata.

Todas las cosas que la rodeaban era importantes. Cosas y palabras. Palabras para creer en ellas y vivir de ellas.

Pasaje

Cajón para verduras

Desmontable

Pasajeros alternados

Juegos de bridge

Tejido de un solo color

Cuando terminó en la cocina decidió aspirar la alfombra de la sala pero cayó en la cuenta de que eso empeoraría su humor. Hacía poco había comprado una nueva aspiradora en forma de satélite que le gustaba empujar por la habitación porque emitía un suave ronroneo y parecía futurista y plena de esperanzas, pero ahora, después del Sputnik, se veía obligada a mirarla con recelo, un torpe objeto lleno de remordimiento.

Sillas apiladas

Cojines dispersos

Paredes de almacén

Distribuidor de habitaciones

Extractor de jugos

Bandeja de galletas

Pensó que la estimularía hacer algo para la reunión de la iglesia el próximo sábado, algo que animara un poco el evento.

No usar en espacios cerrados.

Prepararía media docena de tazones de su entremés de ensalada con Jell-O. Seis paquetes de gelatina Jell-O de limón. Seis cucharadas de sal. Seis tazas de agua hirviendo. Doce tazas de cubos de hielo. Tres tazas de salami finamente rebanado. Dos tazas de queso suizo en trozos. Una taza y media de apio finamente picado. Una taza y media de cebolla rebanada. Doce cucharadas soperas de aceitunas tiernas en trozos.

Recordó haber llegado a casa un día seis meses atrás y encontrado a Eric con la cabeza hundida en un tazón de ensalada. Él dijo que intentaba comérsela de adentro hacia afuera para probar una de sus teorías científicas. La explicación fue tan inverosímil y descabellada que resultó extrañamente plausible. Pero ella no la creyó. No supo qué pensar. ¿Era un tipo de curiosidad sexual? ¿Imaginaba Eric que la gelatina Jell-O era una parte del cuerpo femenino que podía lamerse? ¿Estaba inmerso en un acto anormal de excitación oral? Tenía toda la boca y la lengua untadas de una gelatinosa inmundicia. Ella lo miró. Tenía don de gentes. Erica era una persona que se comunicaba con los demás. Pero tuvo que ponerse guantes sólo para hablar con él.

Y ahora se puso a trabajar en la cocina, aguardando ansiosa el rumor reconfortante de sus hombres al volver a casa, las puertas del auto azotadas en el pasaje, el sólido golpe de partes bien hechas al cerrarse con firmeza.

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Ciudad de México, México
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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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